Los biopics musicales suelen correr el riesgo de quedarse en un territorio seguro, rascando apenas la superficie de la vida de sus protagonistas. Ejemplos como Bohemian Rhapsody nos ofrecieron historias entretenidas, pero con narrativas demasiado pulidas y edulcoradas para profundizar en los verdaderos conflictos del artista.
Better Man, sin embargo, se sale de la norma. Dirigida por Michael Gracey (El Gran Showman), esta película no solo destaca por su originalidad, sino también por la valentía con la que aborda temas delicados como las adicciones, la autodestrucción y la depresión que marcaron la vida de Robbie Williams. Todo ello se presenta de forma innovadora, entregando una experiencia que no solo merece la pena ver, sino sentir.
La peculiaridad más llamativa de Better Man es la representación de su protagonista: Robbie Williams es interpretado por un mono creado con CGI, una decisión simbólica que refleja cómo el propio artista se ve en los momentos más oscuros de su vida, sintiéndose «involucionado» y fuera de control.
La película nos lleva en un viaje a través de diferentes capítulos de su vida, conectados de manera brillante con sus canciones más icónicas. Cada etapa está acompañada por espectáculos visuales de gran impacto, haciendo que cada interpretación musical no solo sea memorable, sino que enriquezca la narrativa de la película.
La película brilla en muchos aspectos, pero uno de los más destacados es su emotivo final. Better Man no se conforma con contar la historia de un artista exitoso; profundiza en el camino lleno de altibajos que Robbie recorrió, mostrando cómo las drogas, la depresión y la autodestrucción lo afectaron mientras intentaba mantener su carrera a flote.
Además, la relación con su padre es uno de los elementos más potentes de la película. Robbie veía a su padre como su mayor crítico, una figura que ejercía una presión inmensa sobre él. La película explora de manera magistral esta relación compleja, mostrando cómo amor y odio pueden entrelazarse en una dinámica familiar que culmina en un cierre adecuado y conmovedor.
A esto se suma el despliegue visual y sonoro de la película. Las coreografías y los números musicales son espectaculares, como era de esperar de Michael Gracey, quien ya demostró su maestría en El Gran Showman. A pesar de las dudas iniciales sobre el uso de CGI para el mono, este recurso se integra sorprendentemente bien en la narrativa, aportando una dimensión única a la historia. Incluso en su apoteosis final, con una canción que ni siquiera pertenece a Robbie Williams, la película logra emocionar y ponerte los pelos de punta.
Aunque Better Man es una película sobresaliente, no está exenta de ciertos problemas. En el último acto, la narrativa entra en un terreno más melodramático, dejando un poco de lado el dinamismo del musical y el entretenimiento que había predominado en la primera parte.
Este cambio puede sentirse algo repetitivo, ya que vemos cómo Robbie va perdiendo, una por una, a las personas importantes de su vida. Si bien este enfoque tiene justificación narrativa, llega a resultar agotador en algunos momentos, pero merece la pena pasar por todo esto gracias a un final tan emotivo como brillante.
Better Man es una película imprescindible para los fans de Robbie Williams y para quienes disfrutan de biopics que se atreven a ir más allá de lo convencional. Con su enfoque original y su poderosa narrativa, es una experiencia que no te dejará indiferente.
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